Pesambre

2025

Pesambre

No tenéis ni puta idea de lo que esta herida escuece, aunque no se manche la ropa de sangre igual me duele.
Sabiendo como tengo medio cruzaos los cables, venís con ostias y discursos motivacionales, que si yo quiero puedo, que yo tengo la llave. Yo lo único que tengo son ganas de suicidarme.
Me faltan las agallas, soy un puto cobarde, para arrancar de mis entrañas de cuajo el pesambre. Y me hago tan pequeño, ya soy menos que nada, aislado en un cajón de pánico y falsas alarmas.
Llegado a estas alturas ya no me quedan balas, solo acumulo dudas y piedras en la espalda. Hubo un tiempo de curas, remedios en cloacas... Yo no lo elegí.
Solicité ayuda a las Instituciones, me di de bruces con excusas, justificaciones, profesionales que no llegan o que llegan tarde, con su catálogo completo de drogas legales.
Y por supuesto, el empleo que desempeñaba dejó de ser empleo, al parecer sobraba, por salirme del guión, por ser una amenaza para el interés del buen patrón y sus calienta-nalgas.
Hubo un tiempo de curas, remedios en cloacas que alimentaban mi locura y que me anestesiaban.

Acantilado

Sentado en el borde de un acantilado espero el temporal, que arrastre el murmullo, ese ruido viciado que me impide oír el mar. O dentro del pozo más mugriento y angosto que puedas imaginar, aislado del roce, del olor y el rugido de cualquier otro animal, acompañado de nadie, a solas conmigo, escarbo en mi suciedad.
Rescato jirones de viejos rencores que se quieren cobrar, pasos en falso, faltas de asistencia sin justificar, pasillos vacíos, armarios sin fondo, ceremonia y ritual.
He transitado los infiernos más remotos, he regresado del ojo del huracán, he seguido descendiendo por antojo. Tras haber tocado fondo, preparé mi funeral.
Me encojo, me arrugo, luego me desnudo para abrirme en canal. Vomito y escupo residuos y grumos de culpabilidad. Me quiero salvaje, persigo el instinto más puro e irracional.
Regreso a mi cueva cubierto de sangre y sin rastro de humanidad.
Me asomo al abismo, buceo en desiertos tratando de encontrar algo que confirme que valgo la pena y aún me puedo purgar. Pecados mortales, promesas banales, incompetencia desleal. Solo distingo la figura de un niño cubierto de fragilidad.
Tengo un hueco en el corral de los difuntos, tengo claro que está escrito mi final. El oleaje me ha empujado hacia las rocas, la corriente me devora, luego al fondo de este mar.
Cada vez más descosido, cada vez más roto.
Cada vez más retorcido, cada vez más hecho polvo.

Corazón disecado

Has conservado mi corazón disecado en tu vitrina y mis atributos en un tarro con agua bendita. Me has inoculado y a traición tus dosis de morfina, moldeándome a tu antojo como a un muñeco de arcilla. Ni esforzándote sabrías pasar desapercibida, y yo me arrancaría los ojos y los ojos que te miran.
Tú nunca tienes prisa, yo siempre llego tarde, al punto de partida donde regreso a buscarte. Tú te mueres de risa, yo me muero de hambre, me quedo sin saliva cuando pretendo besarte. Siempre que quiero besarte.
Reincido en respirar tu olor si muero en el intento, cuelga mi cabeza en el salón con los demás trofeos. He dejado de habitar mi piel para ocupar tu cuerpo y permanecer a oscuras, enjaulado entre tus huesos.
Jamás pides permiso, yo pido las disculpas. Si no estás fuera de servicio, estás sin cobertura. Huyes del compromiso porque a nada renuncias, y haces que pierda el equilibrio a demasiada altura.

Cardenales

He cometido errores, he visitado infiernos. Hice muy malas gestiones firmando desacuerdos.
He regalado favores y demasiados descuentos, hipotecando rencores con más de un resentimiento.
Coleccionando marcas, señales y fracturas. Boquetes, brechas varias con sus puntos de sutura.
Perdí la compostura, el pulso y la cabeza. Se abrieron las costuras, se mostraron mis vergüenzas. Los cardenales de mi piel es lo que te ofrezco.
No sé si soy quien quiero ser o soy quien me merezco. Ya no me tengo que esconder para empezar de cero. A veces hay que descender y remontar el vuelo.
Me he pasado de largo igual que de frenada. El trago más amargo es haber vuelto a las andadas.
Me he revolcado en la mierda, he vuelto a meter la pata. Tengo más de una grieta en los cimientos del alma.
Me quedaron secuelas, culpa y cargos de conciencia. Me he tatuado en las venas el hedor de la vergüenza.

Dejadme ser

Dejadme ser quien quiera ser y aparentar la edad que tengo, que yo ya me reconcilié con ese tipo al que detesto. Saldré descalzo hoy a correr, a despeinarme con el viento, y otra vez me empaparé de vida desde la piel hasta los huesos. Y ya sé que me equivoqué las veces que me hicieron falta, que he muerto y que resucité allí donde la marea te arrastra.
Pues claro que a veces me doy miedo y asco frente al espejo, y me arrepiento del dolor que le causé a los seres que más quiero. Al fin y al cabo, la vida precisamente no trataba de eso, de ir remontando la corriente, lesionarse y de volver a entrar en juego.
He pagado un alto precio por mantener inalterables los principios y argumentos de mi persona y mi personaje. De vocación soy chatarrero, con hojalata y con alambres. Yo me apaño mis remiendos y algún que otro disparate.
Claro que me arrepiento de cada maldito paso en falso, de fracasar en el intento y de no haber dado nunca en el clavo. Lloraré a lágrima viva, a escondidas, roto y deformado.
Puede que esta noche, más que nunca, necesite uno de tus abrazos.
Dejadme ser quien quiera ser y aparentar la edad que tengo, que yo ya me reconcilié con ese tipo al que detesto. Y aún descifro algún secreto escarbando en mis arrugas. Me buceo por adentro y me revuelco en mi basura.
Pues claro que a veces me doy miedo y asco frente al espejo, y me arrepiento del dolor que le causé a los seres que más quiero.
Lloraré a lágrima viva, a escondidas, roto y deformado. Puede que esta noche, más que nunca, necesite tus abrazos.
Pues claro que me arrepiento de fracasar en el intento.
Pues claro que me doy miedo a veces frente al espejo.

Lucille

Seré la pus que te supura en las heridas. Seré un terror irracional. Seré un amasijo de nervios en tus tripas. Seré una mancha de alquitrán. Seré el abrazo que te oprime las costillas, el aire al hiperventilar. Seré el payaso que te busca las cosquillas. No sabrás si reír o llorar.
Seré el aliento entrecortado en tu nunca. Seré la sombra que hay detrás. Seré la mano negra que mece la cuna. Seré la grieta en el cristal. Seré el olor a azufre, a fuego y chamusquina. Seré un odio incondicional. Seré la chispa y el bidón de gasolina. Seré el principio de tu final.
Vas a saber lo que es sudar. Vas a tener que renunciar a privilegios heredados. Vas a aprender a suplicar. Vas a tragar sin masticar la mugre de los hijos bastardos.
Seré la llave que no tiene cerradura, el perro sin domesticar. Seré tu vértigo danzando en las alturas, la reina de tu carnaval. Seré la tuerca que le falta a tu cordura, la mierda que vas a pisar. Seré el sudor que le precede a la tortura, la bomba a punto de estallar.
Seré Lucille… arruinándote un gran día!!!
Seré Lucille… borrándote esa sonrisa!!!

La noche de la gran tormenta

Ella solo quiere que la quieran, que alguien le sonroje las mejillas. Ella no precisa otra promesa disfrazada de puñal en las costillas.
Ella vive sola en la colina, refugiada en su castillo ambulante. Cuando la tormenta se avecina, siempre cierra las cortinas y se va a ninguna parte.
Baja al pueblo el jueves si hay mercado, a hacer la compra y darse algún capricho. Las señoras se apartan de su lado, chismorrean y murmuran los vecinos. Ella permanece inalterable.
Anocheciendo, regresa a su castillo. Janis Joplin suena como un ángel escapando de los bafles de su viejo tocadiscos, de su viejo tocadiscos.
Aquella noche de la gran tormenta —creo que era un 26 de junio— bailaba desnuda en la azotea de la torre alta del castillo. Los brazos en cruz, las manos abiertas, un halo de luz se alejó en la niebla. Los vecinos juran y perjuran que la vieron levitando con su escoba.
Hay una calle en las afueras donde el pueblo deja de ser pueblo. Allí el aire huele de otra manera, también de otra manera sopla el viento. Los curiosos a veces se acercan a comprobar que, sobre el pavimento, sigue grabado un grito de auxilio de una bruja y su delirio, al que nunca respondieron.

Don de gentes

Tienes la mala costumbre de alegrarte cuando caigo, en los charcos de tu mugre donde mi orgullo se hunde, entre tus trampas, tus engaños, y cuando ves que no te cunde, lo anuncias por el vecindario. A la parroquia la confundes con los chismes que difundes, humillando a este payaso.
Voy a intentar contrarrestar tu mala sangre a golpes de amor propio en carne viva. Ya sé que quieres verme infectado en los bares, castigándome el tabique y lamiendo mis heridas.
Te vienes arriba cuando andas tergiversando, te sales con la tuya, alguien sale perjudicado.
Y te creces y te gustas mientras sigues prosperando, dando celos, dando envidia, dando a todos por el saco.
Manejas la manipulación sin filtros ni medida. Has hecho de la intromisión tu dogma, tu doctrina. Para ser el centro de atención de todas las movidas, calculas con extrema precisión tus cuentos y mentiras.

Remontada

Otra vez la cuenta atrás desde el punto de partida. Otra vez a remontar la maldita cuesta arriba. Otra vez toca remar contracorriente, contra el viento. Otra vez a derrapar entre accidentes, contratiempos.
Otra vez sprint final, voy recuperando el aliento para poderos demostrar que regresé de entre los muertos.
Es algo más que un privilegio, las palabras empujando por salir.
Ruido, sudor, saliva y en el pecho algo imposible de definir.
Si mantengo la actitud, no me perderé el respeto. El próximo impacto será más cruel, más violento. Hora de perseverar con la virtud del principiante y poder dejar atrás el exceso de equipaje.
Rompo la estabilidad, el tren volvió a pasar de largo. Avanzo sin mirar atrás y avanzo sin coger atajos. Otra vez toca escalar esa pared completamente lisa. La montaña no se marchará, y a estas alturas yo ya no tengo prisa.
Es algo más que un privilegio, las palabras empujando por salir.
Ruido, sudor, saliva y en el pecho algo imposible de reprimir.
Un comediante en el trapecio, otra noche vaciándome sin red, porque este vértigo no tiene precio, sigue latiendo bajo mi piel.
Es algo más, es algo más…

La sangre de un geranio

Más divina que las diosas del Olimpo. Cuando lloraba, derramaba lentejuelas. Les alegraba el día a todos los vecinos cantando coplas con el mocho en la escalera. Jamás la vi que le cayeran los anillos; se levantaba siempre antes que amaneciera, preparaba el desayuno a todo cristo y salía a la calle vestida de reina obrera.
Se arrinconaba al final de los pasillos, de palacios y de castillos de arena. Sin un contrato ni tampoco un sueldo fijo. Siempre es medianoche para algunas cenicientas. Llegaba a casa y preparaba ese cocido, y le daba algo de tregua a la nevera. En el barrio se andaban matando a gritos, y ella caía rendida en el sofá a estirar las piernas.
Juntos levantaron de la nada su cortijo. Con la sangre de un geranio sellaron su compromiso. La Dulce era una reina, el Antonio era un mendigo. Ella, brisa en primavera; y él, en el otoño, abrigo.
Piel cuarteada, abigarrada a las costillas, ennegrecida con el sol de los inviernos. Llegaba a casa con la última luz del día y con el crujido de cada uno de sus huesos. No le recuerdo yo caprichos al Antonio, si acaso aquellos Celtas cortos sin boquilla. Hoy todavía no salgo de mi asombro, cómo con tan poco le brillaban las pupilas.
Se atrincheraba en los bancales de los huertos, cuando el Lorenzo más quemaba al mediodía. Acostumbraba a cagarse en tos los muertos del patrón, del capataz y hasta de la virgen María. Pero luego se acordaba de sus nietos, y regresaba de inmediato aquella risa.
Un corazón que no cabía en ese pecho achatarrado y lleno de nicotina.
Llegaron juntos de la tierra del olivo. Jamás pisaron las baldosas de una escuela. No sabían ni de leyes ni de libros, pero juntos aprendieron a cantarnos las cuarenta.
Sobrevivieron a dos ángeles suicidas. Vieron marchitarse a la niña de sus ojos. Soportaron demasiadas embestidas y se fueron apagando poco a poco. Se merecían un castillo en las estrellas, el mismísimo Trono de Hierro. Un refugio en alguna isla desierta. Otra vida sin tantos incendios.

Créditos del disco

  • Música y letras · Malos Vicios
  • Víctor González · voz y guitarra
  • Salvador Tena · bajo
  • JM NANO · batería
  • Juan José Pérez Gual · guitarra